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sábado, 10 de diciembre de 2011

HISTORIA DE VIDA: GENTE DE FRONTERA (2da parte)

Por Gustavo Tunesi

Esquel (GTP).- Fermín y Rosa atienden un mercado en el centro de la Aldea, a su vez, todos los días, si se puede, él a caballo atiende su hacienda vacuna y de ovejas camino a Lago 5, tras ladear bosques de ñire y maitenes que se extienden sin acabar parece que nunca, en este paradisíaco lugar en el mundo.
“Mi primera casa acá en la Aldea me la traje hecha del pueblo abandonado en Lago Vintter”, me cuenta Fermín. “Ahí estaba el aserradero al cual con mi padre llevábamos carne para vender, mas de 300 personas vivían allí. Había una escuela, un mercado, médico, plaza, hasta un boliche había”, me dice él, para mi sorpresa. “Era de uno de Buenos Aires el que hizo el aserradero y llevó un montón de gente a trabajar y a vivir, hasta una médica rusa llevó, que venía de la guerra y se puso a curar allá en el Vintter. Le faltaban las dos piernas, tenía ortopédicas, por eso no tuvo hijos esa médica rusa, o por miedo a la guerra, no sé…”, recordaba Fermín, y me miraba sin quitar su vista de la mía, y yo tampoco de la suya. Allí me di cuenta de que estaba compartiendo la mesa con dos pioneros de frontera y mi hosquedad se esfumó por completo, disfruté, y a la vez pensé que la estilart me estaría reclamando más palos pero no me importó, solo recibiría algo de frío al dormir, pero no más. Fermín prosiguió: “El aserradero duró hasta que el dueño se pegó un tiro en un baño de un boliche en Gobernador Costa, había perdido en el juego toda la paga del personal, y no lo soportó… y se fueron todos del Lago Vintter, y las puras casas quedaron, a la venta, y una me compré, la desarmé y la armé de vuelta en Las Pampas”.

Reflexiono por un momento, y se me ocurre pensar sobre los caprichos del destino. Aquí a orillas del río Pampa, en esta incipiente y tranquila Aldea de pobladores rurales, de Rosa y Fermín y algunos otros. El pueblo que es. Allá en el Vintter, Lago Vintter, y el pueblo que fue, y que pudo haber sido pero ya fue, a orillas de aquel inmenso lago glaciario, donde cuando raras veces el viento se ausenta, el silencio te abruma, te asusta. Tal vez el silencio que le sigue a una bala en un baño de un boliche, o el silencio que le sigue a la guerra, a las piernas que no están, al hijo no engendrado.
Luego ambos me cuentan cómo se abrió el camino desde Río Pico hasta aquí, a fuerza de carreros y el ejército. Todo el que tenía carro y buey ponía su fuerza de empuje, para traer los materiales para la nueva escuela y el hospital.
Cuatro hijos trajeron al mundo Rosa y Fermín: el Daniel, el Luisito, la Carolina y la Lucía. “Buenos para el fulbo fueron el Daniel y el Luisito, de Costa los venían a buscar hasta acá, para que jueguen en el clú…” Hoy algunos hijos siguen en la Aldea, a fuerza de nietos que gustan del campo, y también de la play.
Al terminar el tercer vaso de vino miro el reloj, y ambas agujas están a punto de juntarse a mirar para el norte, ya casi medianoche. Las ojeras de Fermín denuncian que no es habitual para él estar despierto a esta hora, a pesar de estar contento, y me despido de ambos. Con respetuoso saludo, palabras pausadas, como se usa aquí. Mañana, las puras cuentas me esperan frente a una PC en la Comuna, los tiempos han cambiado aquí también en la Aldea, y la estilart se me apagó.